Cuál es la deuda estructural que el sistema sanitario argentino aún no logra saldar

Aunque las mujeres representan la mayoría de las consultas médicas, constituyen una parte sustancial de la fuerza laboral sanitaria y sostienen gran parte de las tareas de cuidado no remuneradas, sus necesidades continúan insuficientemente representadas en la investigación, en el diseño de políticas públicas y en la organización de los servicios de salud.

Esa fue una de las principales conclusiones que atravesó la segunda edición del Summit Liderazgo por Salud de la Mujer, organizado por Women in Global Health (WGH) Argentina en el marco del Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres, una fecha que desde hace casi cuatro décadas busca visibilizar las desigualdades que afectan el acceso, la calidad y los resultados de salud de las mujeres en todo el mundo.

Lejos de limitarse a una discusión sobre salud reproductiva, el encuentro puso sobre la mesa un conjunto de problemáticas que abarcan todo el ciclo vital: enfermedades cardiovasculares subdiagnosticadas, falta de preparación del sistema para acompañar la menopausia, barreras de acceso a la prevención, fragmentación de la atención y escasa participación femenina en los espacios donde se toman decisiones.

La menopausia y otros temas invisibilizados

La apertura estuvo a cargo de la periodista Mariana Carbajal, quien señaló que la menopausia continúa siendo una de las áreas menos abordadas por los sistemas sanitarios, pese a tratarse de una etapa que atraviesa a millones de mujeres.

Su intervención puso en evidencia una problemática frecuente: la falta de información y de formación específica para reconocer síntomas asociados al climaterio, situación que muchas veces genera consultas tardías, incertidumbre diagnóstica y deterioro de la calidad de vida.

La discusión sirvió como punto de partida para una reflexión más amplia sobre los sesgos de género presentes en la práctica clínica y en la producción de conocimiento científico.

Diagnósticos tardíos y enfermedades cardiovasculares

Uno de los aspectos más destacados del encuentro fue la necesidad de revisar los sesgos diagnósticos que afectan especialmente a las mujeres.

La cardióloga Florencia Rolandi recordó que las enfermedades cardiovasculares continúan siendo la principal causa de muerte femenina y advirtió que muchos síntomas son subestimados o atribuidos erróneamente a factores emocionales, hormonales o propios del envejecimiento.

La evidencia muestra que las mujeres suelen experimentar diferencias en la presentación clínica de determinadas patologías respecto de los varones. Sin embargo, durante décadas gran parte de la investigación biomédica utilizó modelos predominantemente masculinos, lo que contribuyó a construir protocolos diagnósticos y terapéuticos menos sensibles a estas diferencias.

Los especialistas coincidieron en que la consecuencia directa es una demora en el acceso a estudios, tratamientos y estrategias preventivas oportunas.

La fragmentación de la atención

Otro de los desafíos señalados fue la necesidad de abandonar modelos de atención excesivamente fragmentados.

La ginecóloga Florencia Salort planteó que muchas mujeres deben recorrer múltiples especialistas para resolver problemas que podrían abordarse de manera integrada, con estrategias de prevención y seguimiento adaptadas a cada etapa de la vida.

El concepto de «curso de vida» apareció así como una herramienta central para repensar la organización de los servicios: desde la adolescencia hasta la vejez, pasando por la salud sexual y reproductiva, la maternidad, el climaterio y las enfermedades crónicas no transmisibles.

El costo económico de las inequidades

La perspectiva sanitaria se complementó con una mirada económica. Carlos Díaz, director de la Especialización en Economía y Gestión de la Salud de la Universidad ISALUD, sostuvo que las brechas de género no sólo constituyen un problema de derechos, sino también de eficiencia del sistema.

Según explicó, la ausencia de perspectiva de género en protocolos, investigaciones y políticas genera costos evitables asociados a diagnósticos tardíos, tratamientos menos efectivos, pérdida de productividad y utilización ineficiente de recursos.

En este contexto, distintos expositores coincidieron en la necesidad de incorporar indicadores específicos, presupuestos sensibles al género y mecanismos de evaluación que permitan medir el impacto de las políticas implementadas.

Del derecho formal al acceso real

La brecha entre el reconocimiento normativo de derechos y su cumplimiento efectivo fue otro de los ejes de debate.

Natalia Messina, especialista en derecho administrativo y sistemas de salud, planteó que Argentina cuenta con un marco normativo amplio en materia de acceso a la salud, pero enfrenta dificultades persistentes para garantizar su implementación homogénea en todo el territorio.

La discusión puso de relieve una preocupación compartida por numerosos actores sanitarios: la necesidad de fortalecer la articulación entre legislación, financiamiento, gestión y capacidad operativa para que los derechos reconocidos puedan traducirse en prestaciones concretas.

Liderazgo femenino y toma de decisiones

La dimensión política ocupó un lugar central en el cierre del encuentro.

La ex ministra de Salud y actual legisladora porteña Graciela Ocaña subrayó el peso que tienen las tareas de cuidado no remuneradas en el sostenimiento cotidiano del sistema sanitario, una carga que continúa recayendo mayoritariamente sobre las mujeres.

Por su parte, representantes del sector privado destacaron la importancia de promover una mayor participación femenina en espacios de conducción y toma de decisiones, no sólo como cuestión de equidad, sino también como una oportunidad para mejorar la calidad de las respuestas institucionales.

Escuchar a las mujeres para diseñar políticas

Uno de los anuncios más relevantes de la jornada fue el lanzamiento de la consulta nacional «Lo que las mujeres necesitan», impulsada por WGH Argentina junto con la consultora Giacobbe & Asociados.

La iniciativa buscará relevar experiencias, necesidades y prioridades de mujeres de distintas regiones del país para construir un mapa de evidencia que pueda orientar futuras políticas públicas.

La propuesta parte de una paradoja que atravesó gran parte de las discusiones del Summit: las mujeres son las principales usuarias del sistema sanitario y constituyen una proporción significativa de quienes lo sostienen como trabajadoras y cuidadoras, pero sus voces continúan escasamente representadas en las decisiones que determinan cómo se organiza ese mismo sistema.

Más allá de los diagnósticos y las cifras presentadas, el encuentro dejó una conclusión compartida: reducir las brechas de género en salud exige mucho más que programas específicos. Implica revisar la producción de evidencia, rediseñar modelos de atención, fortalecer el liderazgo femenino y convertir las necesidades de las mujeres en un criterio permanente de planificación sanitaria.


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